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VERÓNICA CASTREJÓN ROMÁN   /

 

Acapulco, 07 de diciembre de 2017

 

Hay un sector de la población que en Guerrero representa un peligro latente para la estabilidad social; me refiero a los niños que en el 2006 cursaban el Kínder o preescolar.

Esa generación de infantes creció escuchando palabras como sicario, halcón, ejecutado, levantado, ensabanado, embolsado, y otras que vinieron a enriquecer el vocabulario mexicano, a raíz de la violencia social descontrolada que vivimos y que marca una de  las etapas más crueles  y sangrientas de la historia de esta entidad suriana, y en concreto, de Acapulco.

A las autoridades se les llena la boca para hablar de la necesidad de reconstruir el tejido social y hacen alharaca y media por algunos programas culturales que son llevados a las colonias populares del puerto con el supuesto fin de ofrecer una alternativa que coadyuve a la disminución de la violencia; pero en realidad, no se avizora ninguna estrategia bien definida para atender la salud mental de los niños, que, sobre todo, en las colonias populares de Acapulco son testigos de espectáculos dantescos un día sí y otro también.

Y, si no los ven, la descripción de cuerpos descuartizados y embolsados o tirados en la calle son, muchas veces, la plática de sobremesa en sus casas o en la escuela.

¿Qué sucede entonces en las mentes de estos niños? ¿qué piensan? ¿sienten miedo? ¿desahogan sus temores o tal vez los sublimizan? Encuestas en escuelas primarias arrojan que una de las aspiraciones de los niños de hoy en día es llegar a ser sicarios,  y sus juegos en los patios escolares se han transformado: el secuestro, el levantón y el sicariato hacen  presencia en el recreo.

Y pese a ello, las autoridades sanitarias duermen el sueño de los justos; no existe en la entidad un programa de salud mental que atienda la emergencia.

La situación que vivimos, a raíz de  la guerra declarada a las bandas del crimen organizado, ha colocado a Guerrero por varios años consecutivos en el primer lugar de violencia, no sólo a nivel nacional sino internacional, situación que atrajo a esta entidad a  la organización médica y humanitaria internacional Médicos sin Fronteras, gracias a cuya iniciativa hoy se atiende en Acapulco, de manera integra, a las víctimas de violencia sexual.

Pero, ¿y los niños? ¿en dónde están las acciones de la Secretaría de Salud y de la Secretaría de Educación Pública para aminorar las consecuencias de toda una vida inmersa en la violencia? La salud mental de los niños y de las niñas  debe ser prioridad nacional, toda vez que en breve, pasarán a formar parte de un  ejército de jóvenes que han crecido siendo testigos de que la vida del otro no vale nada; que torturar, matar, descuartizar, deshacer cuerpos y destruir las vidas de familias enteras es tan inocuo que no pasa nada, que es cotidiano, que es cosa de todos los días, que es normal.

Los niños que en 2006 tenían cuatro años, hoy son adolescentes de 15 y cursan segundo o tercero de secundaria; crecieron pues, en medio de una violencia que no se acaba y que al contario, amenaza con devorarlos. Muchos de ellos, seguramente, ya forman parte de las bandas criminales que multiplicadas incrementan la espiral del crimen que se traduce en crueldad inusitada, y muchos otros están en riesgo de caer en sus garras.

La depresión, la ansiedad, el miedo, la amenaza constante, la violencia  que  respiran día a día en sus casas y que ven materializada en las calles de su colonia van creando una personalidad enferma que repetirá los modelos aprendidos y que, desafortunadamente, augura una  escalada violenta que compromete más y más crueldad.

Sumado a eso,  pronto, muy pronto esos desequilibrios emocionales se encontrarán con la pobreza,  la falta de oportunidades y la invitación de las bandas delictivas a engrosar sus filas.

La salud mental de nuestros niños y niñas no es cosa menor, ojalá que además de remodelar hospitales y preocuparse por obras que sí se ven, la Secretaría de Salud arranque un programa de largo aliento con miras a salvaguardar la estabilidad social. Este es el momento.

 

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