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AMADO ADOLFO   /

 

Ometepec, 11 de septiembre de 2017. La fiesta tradicional del toro de petate en honor a san Nicolás de Tolentino en Ometepec genera la ilusión de romper con la cotidianidad, de abolir la desigualdad social por unos instantes, y perder la significación como pueblo. En realidad sucede lo contrario, el 11 de septiembre Ometepec revindica su personalidad, en la fiesta se realiza una continuidad de las contradicciones de su sociedad, de la jerarquía entre sus miembros, en ese día donde supuestamente reina la entropía es cuando más orden observamos. Se teatraliza la vida común de la comunidad, muestra sus virtudes, sus defectos, sus miedos, a través de la fiesta del toro se visualiza las expectativas que tienen los ometepequenses de ellos mismos. Néstor García Canclini aporta lo siguiente:

“En un sentido fenoménico es verdad que las fiestas presentan cierta discontinuidad y excepcionalidad (…) Desde un enfoque materialista pueden interpretarse como compensación ideal o simbólica de las insatisfacciones económicas. Una interpretación energética (psicoanalítica) revela, detrás del desenfreno y la sublimación de la fiesta, la explosión o realización disfrazada de pulsiones reprimidas en la vida social.(…) no puede ser lugar de subversión y la libre expresión igualitaria, o logra serlo recatadamente, porque no es solo un movimiento de unificación colectiva; se repiten en ellas las diferencias sociales y económicas. (…) La fiesta reafirma las diferencias sociales, da nueva ocasión para que se ejerza la explotación interna y externa del pueblo. Al mismo tiempo que posee elementos de solidaridad colectiva.”

La fiesta tiene una estructura, hay un orden establecido, un comité, mayordomos, cabecillas, etc. El consumismo a empresas trasnacionales, la modernización de la tradición, los medios de comunicación, la tecnología, y la política pasan a formar parte de la festividad, el toro se encuentra en una línea delgada entre lo popular y lo masivo.

La música banda va desplazando a la chilena, vemos como cada año durante el recorrido hay más grupos musicales tocando banda, ese género norteño que gracias a la televisión y a las grandes disqueras empieza a ser parte de la tradición, mientras la chilena poco a poco va perdiendo protagonismo. El cambio es normal, era de esperarse, hoy el toro vive en la era del internet y la globalización. Vemos a miles de personas bajando las calles de Ometepec rumbo a la casa del mayordomo, llegando iniciará el baile, y los presentes en un inconsciente colectivo cantarán a todo pulmón su ilusión, su negación, la milenaria condición de salir de sí mismos, estar en la extraversión en su máximo esplendor:

Foto Amado Adolfo.

“Quiero estar contento mientras viene el día/ de vestir de negro a toda mi familia/ y espero que cumpla mi último deseo/ antes de meterme en el agujero/ no quiero que lloren/ no quiero sus lágrimas/ lleven a mi entierro música de banda/ échenme loquera y una de Buchanan’s /por si hay otra vida/seguir la parranda” (Los Recoditos)

El caciquismo, la pobreza, las clases sociales, la desigualdad, cohabitan durante el recorrido, los poderes se hacen valer, y el toro será recibido por la autoridad religiosa en la Parroquia de Santiago Apóstol y en el Ayuntamiento Municipal por el Presidente. Como bien señala Canclini “la fiesta no es la liberación desaforada de los instintos (…) sino un lugar y un tiempo delimitados en el que los ricos deben financiar el placer de todos, y el placer de todos es moderado, por el interés social. Las parodias al poder, el cuestionamiento irreverente del orden es consentido en espacios y momentos que no amenazan el retorno posterior a la normalidad. La discontinuidad y excepcionalidad remiten a lo cotidiano, son el reverso y la compensación de lo que les falta, pero dentro de las normas que establecen las autoridades ordinarias”.

El 11 de septiembre se les permite a los ciudadanos algunas licencias, al respecto Canclini concluye: “la fiesta da ocasión de que algunas restricciones cotidianas se levanten, que los cuerpos tomen conciencia de su poder lúdico”. Sin embargo es mera ilusión, una expresión alternativa del pueblo, el día 12 de septiembre la catarsis habrá terminado, y seguirá el proceso de alienación y cosificación de la sociedad. La liberación y el desahogo del pueblo es momentáneo, el reconocimiento de sí mismos como individuos y masa es fugaz. Por sus tradiciones pueden sentir que forman parte de algo importante, da hincapié para pensar que para ser ometepequense se debe tener un carácter hegemónico determinado aunque sea una entelequia artificial. El 11 de septiembre los ometepequenses viven la ilusión del desorden, reafirmando el orden establecido, las jerarquías sociales, su identidad con sus fortalezas, sus debilidades, sus riquezas y sus miserias. No hay trasgresión, hay continuidad.

Son las 9 de la noche y Marta Hari, después de dar un recorrido llega a darme el parte de novedades: “todos los hoteles y moteles de paso están a reventar. Así de largas son las colas de parejitas esperando a que le desocupen un cuarto. Habías de ver a los chamaquitos y chamaquitas parando taxis y directitos al cinco letras”. Pero conste que es la fiesta en honor a un “santo”, dicen. Yo diría que es un degenere en honor de dos dioses: El Dios Baco, y el Dios Eros. (Karmelinda Valverde)

Las bandas y los cantantes de moda congregan multitudes que desbordan todos los escenarios en conciertos que son, como las fiestas paganas dionisíacas que en la Grecia antigua celebraban la irracionalidad, ceremonias colectivas de desenfreno y catarsis, de culto a los instintos, las pasiones y la sinrazón. (..) El individuo se individualiza, se vuelve masa y de inconsciente manera regresa a los tiempos primitivos de la magia y de la tribu. (Mario Vargas Llosa)

El ritual de la irracionalidad y del desenfreno, la regresión a la magia y a la tribu, es ilusión, una ilusión que por momentos parece tan real, y se confunde la realidad con la fábula. La canción Fiesta de Joan Manuel Serrat muestra de manera clara la ilusión en que se sumergen los pueblos en sus fiestas patronales:

“Y hoy el noble y el villano, / el prohombre y el gusano / bailan y se dan la mano / sin importarles la facha. /Juntos los encuentra el sol /a la sombra de un farol /empapados en alcohol /abrazando (magreando) a una muchacha. /Y con la resaca a cuestas /vuelve el pobre a su pobreza, / vuelve el rico a su riqueza / y el señor cura a sus misas. / Se despertó el bien y el mal / la zorra pobre vuelve al portal, / la zorra rica vuelve al rosal, / y el avaro a las divisas. /Se acabó, /el sol nos dice que llegó el final, /por una noche se olvidó / que cada uno es cada cual. / Vamos bajando la cuesta / que arriba en mi calle /se acabó la fiesta.”

Cuando termina el “gran día” Ometepec es un basurero, sus calles como siempre están adornadas con basura, la inmundicia como virtud. En una óptica monsiviana Ometepec es sobre todo la demasiada basura. Ometepec con sus fuentes danzarinas inservibles, sin espacios recreativos, sin museos, sin biblioteca, sin cine, con calles espantosas, barrios con apariencia delictiva, falta de alumbrado público y drenaje en algunas zonas, un municipio donde la mayoría de sus habitantes viven en pobreza, con una clase política envidiosa, egoísta, ambiciosa, resentida, y mentirosa. Una élite aldeana que fomenta la adulación a los caciques de la región. Ometepec es un lugar sin libros pero con muchas balas, donde te matan por ser mujer u homosexual. Los hijos de San Nicolás de Tolentino les encantan el chisme y el falso testimonio, nombran sus calles con el nombre de sus verdugos, ya decía José Vasconcelos “un tirano es capaz de abrir avenidas para ponerles su nombre”. En las próximas elecciones votaran por los mismos apellidos. ¡Acarreados! ¡Acarreados! con sus huaraches empolvados, el ébola como despensa. San Nicolasito ahí están tus hijitos bailando el torito, san Nicolás bendito de virtud y portento, me ampares te pido en todo momento…Te busco en la noche de tantos lamentos.

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